El arcoiris se reflejaba en un charco hasta que Enda saltó encima de él y se deshizo.
- ¡Nunca encontrarás el tesoro!
- ¿Que tesoro? - preguntó Niamh.
- El del duende, lo esconde al final del arco iris. Pero es bastante astuto, no creo que una niña pequeña como tú pudiera atraparlo.
- ¡Claro que puedo! Solo dime donde encontrarlo.
Enda fijó su mirada azul en la de ella.
- Tendrás que ir a buscarlo al bosque, el leprechaun trabaja allí arreglando zapatos. Puedes engañarle diciendo que necesitas que arregle tus zapatillas. Si consigues fijar tu mirada sobre él de esta manera no podrá escapar y tendrá que decirte donde lo esconde. Ten cuidado, puede que te haga alguna travesura y desaparezca.
- ¿El bosque de detrás del colegio? Podemos ir ahora.
- No creo que consiguiéramos llevarnos un caldero lleno de monedas de oro, es demasiado pesado.
Niamh caminaba cabizbaja y muy seria. Su trenza trigueña destacaba sobre el abrigo verde pistacho. Él sabía que estaba pensando algo y se sonreía mientras la observaba.
- Podríamos pedir ayuda a un hada, ella nos ayudaría haciendo que el caldero fuese más ligero.
- ¡El duende odia a a las hadas! Solo les hace un zapato, nunca les da el par, por eso ellas prefieren ir descalzas.
- Pues entonces nos quedamos sin tesoro, si hubieras dejado que llegase al final del arco iris, lo hubiésemos encontrado sin necesidad de ir a buscar un duende. Aunque creo que el duende eres tú, ¡eres un poco bajito!
La niña salió corriendo provocando a Enda para que la siguiera. Probablemente éste la alcanzaría al poco tiempo, tirando de su trenza y haciéndola reír a carcajadas. Desde que nació, cuatro años después que él, la había cuidado. La veló en su cuna y vigilado sus primeros pasos en el jardín, le había leído cuentos y habían vuelto del colegio juntos todos los días. Muchos años verían a Niamh saliendo de casa y detenerse ante la puerta de su vecino para preguntar si saldría a jugar después de los deberes, y a los dos niños sentados debajo de un árbol contándose historias de duendes, hadas y brujas.
Seguirían por mucho tiempo bailando dentro de anillos de hadas, saltando charcos y persiguiendo sueños a través de prados verdes.
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21/11/13
16/12/12
Viaje de vuelta
Nunca había deseado tanto estar de vuelta. Había pasado
demasiados años olvidando aquellos rostros, las voces que los acompañaban, esa
casa que siempre le pareció maldita. Y ahora estaba pasando sus últimos días
intentando volver allí, primero atravesando el frío en un tren, después
buscando quien le acercara unos pocos kilómetros más, y por fin se encontraba
en un viejo autobús renqueante por carreteras oscuras. Miraba a través del
cristal, la mirada siempre fija. Le rodeaban muecas de angustia y tristeza,
lágrimas. Silencio. No pensó en volver nunca, hoy era lo que más ansiaba.
No quedaría mucho combustible, esperaba que fuera el suficiente para que solo tuviese que andar un día.
Desandar tanta distancia, la misma que había interpuesto entre ellos y que se
le hacía su mayor enemiga junto con el tiempo, no sabía cuánto tiempo le quedaba.
Andaría ese camino con la mirada fija en un punto que le guiaba. Ansiaba un
hogar, el suyo.
Esos que ahora enmudecían y sollozaban, hacía no muchos días
habían estado llenos de ira. El egoísmo se veía en los ojos, la desesperación,
un enorme caos invadía cada rincón. Y tantos, tantos gritos. De quienes clamaban
al cielo, de quienes sembraban el terror, de quienes revelaban profecías, todos de
los que sentían dolor. Esos gritos y esa ira eran los que habían poblado la
primera parte de su vida, de la que había huido con la misma desesperación.
Ellos siempre habían estado en ese final, un final que nunca acababa de gritos,
insultos, peleas, lloros, escondites, miedo, terror y dolor. El final de todo
era un niño acurrucado debajo de una cama, con los oídos tapados e intentando
no respirar, con la mirada fija en un pequeño halo de luz que traspasaba una
rendija de la puerta.
Tenía la mirada fija, fija en esa luz. Fija en esa inmensa
luz anaranjada que crecía imperceptiblemente cada hora. Esa luz que le estaba
permitiendo volver a casa.
5/12/11
Improvisando un plan
Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma y no me atreví a acercarme hasta que supe que no tenía nada que perder. Y me miraste, y te hablé, nos reímos y salimos de allí colgados el uno del otro. Desde entonces no ha importado lo que haya sido antes, la chica tímida que no se atreve a hacer nada por miedo a que algo no salga como ella cree. Porque tengo que confesarte que ya me gustabas mucho antes, te había visto muchas veces y nunca pensé en hacer nada más que eso, mirarte. Esto debe sorprenderte, lo sé, tú que siempre dices que soy una loca, que no me paro a pensar en nada, que cada día te sorprendo con una nueva aventura...
Te he pedido tanto, y tú siempre me has complacido. Esa primera noche te dije que te quería solo para mí. “Desde este mismo instante seré tuyo para siempre”. Todo me daba vueltas, mi noria empezaba a girar a un ritmo frenético que ni tú ni yo hemos parado nunca. En tan poco tiempo hemos vivido muchas vidas, yo te proponía algo y tú no lo pensabas, siempre has dicho sí. Con tú sí yo he dicho sí a mi vida.
Recordarás la única vez que me viste llorar. Tú estabas agarrado a tu guitarra y me pediste que me sentara, dijiste que tenías algo para mí. Nadie me había escrito una canción. Nunca te lo había pedido y tú lo hiciste, no lo había planeado ni sabía que algo así podría ser para mí, y sin embargo es lo que más feliz me ha hecho. Ni todos los besos, abrazos, lugares, locuras, sueños que hemos compartido se pueden comparar a la única cosa que yo no había ideado, una canción. Y me la has regalado tú.
Siento no haberte dicho toda la verdad, pero no quería que hicieras lo que yo deseaba solo por compasión, quería que fueras libre de elegir sin nada que te condicionara para amarme. Siento haber desaparecido, eso tampoco he podido evitarlo, o tal vez sí tenía alguna oportunidad, pero eso hubiese significado no habernos conocido nunca, y yo lo deseaba con toda mi alma.
Deseé que fueras tú, deseé tenerte, deseé que me acompañaras, deseé ser atrevida, deseé viajar, deseé volar, deseé olvidar, deseé vivir, deseé amar…, y tú has improvisado el mejor de los finales.
Te he pedido tanto, y tú siempre me has complacido. Esa primera noche te dije que te quería solo para mí. “Desde este mismo instante seré tuyo para siempre”. Todo me daba vueltas, mi noria empezaba a girar a un ritmo frenético que ni tú ni yo hemos parado nunca. En tan poco tiempo hemos vivido muchas vidas, yo te proponía algo y tú no lo pensabas, siempre has dicho sí. Con tú sí yo he dicho sí a mi vida.
Recordarás la única vez que me viste llorar. Tú estabas agarrado a tu guitarra y me pediste que me sentara, dijiste que tenías algo para mí. Nadie me había escrito una canción. Nunca te lo había pedido y tú lo hiciste, no lo había planeado ni sabía que algo así podría ser para mí, y sin embargo es lo que más feliz me ha hecho. Ni todos los besos, abrazos, lugares, locuras, sueños que hemos compartido se pueden comparar a la única cosa que yo no había ideado, una canción. Y me la has regalado tú.
Siento no haberte dicho toda la verdad, pero no quería que hicieras lo que yo deseaba solo por compasión, quería que fueras libre de elegir sin nada que te condicionara para amarme. Siento haber desaparecido, eso tampoco he podido evitarlo, o tal vez sí tenía alguna oportunidad, pero eso hubiese significado no habernos conocido nunca, y yo lo deseaba con toda mi alma.
Deseé que fueras tú, deseé tenerte, deseé que me acompañaras, deseé ser atrevida, deseé viajar, deseé volar, deseé olvidar, deseé vivir, deseé amar…, y tú has improvisado el mejor de los finales.
1/6/11
Duermo en la calle
Veía llover a través de la ventana de mi habitación, y ahora siento las gotas sobre mí. Soy una de esas personas que duermen en la calle. Estoy aquí porque no tengo un techo propio ni un trabajo con que conseguirlo. No sé qué fue lo que me condujo a esto, pero un día, en el que nada había cambiado y a la vez todo era distinto, estaba en la calle. Pensaba que tenía muchas opciones, que tenía todo lo necesario para no tener que llegar hasta aquí, ni siquiera me planteaba que yo iba a ser uno más.
Van a venir a echarme de aquí y tendré que buscarme otro sitio, en la calle, dicen que damos mala imagen. Creo que nos tienen miedo, les recordamos demasiado todo aquello que pueden perder, saben que ellos también pueden ser como nosotros en un futuro. Eso aterra a cualquiera, por eso nos ignoran.
Pero seguimos aquí, en la calle, porque ya no tenemos otra salida, porque la única forma de ser visibles es que tengan que tropezar con nosotros. Hasta hace poco tiempo vivía protegido en mi casa, en la casa en la que he crecido, donde he estudiado, donde mis padres me acogían hasta que encontrara “algo”. Pero entonces decidí salir a la calle, harto de esperar a que pasara ese “algo”, decidido a cambiar todo desde aquí, donde puedan verme. Además no estoy solo, hay mucha gente como yo. He pensado muchas veces que era el único, que la vida era más fácil para los demás, que lo tenían todo simplemente porque nadie se quejaba…, yo tampoco me quejaba.
Ahora estoy en la calle, he salido a ella porque no quiero acabar un día aquí al no quedarme nada más, al margen de todo, invisible para siempre como aquellos que vagan por la ciudad sin esperar ya nada. Por mí y por todos esos a los que no vemos, salgo a la calle para reclamar un cambio. Espero que hoy cuando pases por aquí no mires para otro lado. Tú podrías ser yo.
Van a venir a echarme de aquí y tendré que buscarme otro sitio, en la calle, dicen que damos mala imagen. Creo que nos tienen miedo, les recordamos demasiado todo aquello que pueden perder, saben que ellos también pueden ser como nosotros en un futuro. Eso aterra a cualquiera, por eso nos ignoran.
Pero seguimos aquí, en la calle, porque ya no tenemos otra salida, porque la única forma de ser visibles es que tengan que tropezar con nosotros. Hasta hace poco tiempo vivía protegido en mi casa, en la casa en la que he crecido, donde he estudiado, donde mis padres me acogían hasta que encontrara “algo”. Pero entonces decidí salir a la calle, harto de esperar a que pasara ese “algo”, decidido a cambiar todo desde aquí, donde puedan verme. Además no estoy solo, hay mucha gente como yo. He pensado muchas veces que era el único, que la vida era más fácil para los demás, que lo tenían todo simplemente porque nadie se quejaba…, yo tampoco me quejaba.
Ahora estoy en la calle, he salido a ella porque no quiero acabar un día aquí al no quedarme nada más, al margen de todo, invisible para siempre como aquellos que vagan por la ciudad sin esperar ya nada. Por mí y por todos esos a los que no vemos, salgo a la calle para reclamar un cambio. Espero que hoy cuando pases por aquí no mires para otro lado. Tú podrías ser yo.
14/3/11
Oleadas
De repente un día, todo comenzó de nuevo. Estalló la tormenta y volvió a naufragar entre golpes e insultos. Aguantó los azotes de su mano airada, mezclando sus lágrimas de salitre con el agua que la rodeaba, flotando. Le perdonó pensando que no se puede cambiar la naturaleza, y en ese momento se hundió entre las burbujas que abrasaban su piel.
Sabía que nada cambiaba, que todo comenzaba de nuevo pasado un tiempo. Las olas arrastraban lo que se interponía en su camino, retrocedían y volvían otra vez. Y él la arrasaba con su aliento a sal, con sus golpes de mar, en un abrazo hacía las profundidades. Abajo no se veía nada y no podía respirar. Cuando ya no le quedaban fuerzas, salía a la superficie dando bocanadas a la realidad, sobreviviendo.
Ola tras ola, viéndolas venir desde la orilla. Una onda pequeña, apenas unas cosquillas en los pies; otra un poco más grande, le sube el vestido y le moja las piernas; otra más brusca, se desequilibra y gira sobre la arena; una fuerte sacudida la arrastra hacia dentro, allí está él, la asfixia y la vuelve a sacar a la superficie. Una sonrisa le da calma y vuelve a sumergirse.
Un día se queda tumbada donde rompen las olas, clavadas las uñas en la masa arenosa. Sacudidas que van enterrándola, los finos granos la ciegan, se hunde. No respira, ya no hay nada, la playa está desierta.
Ola tras ola...
Sabía que nada cambiaba, que todo comenzaba de nuevo pasado un tiempo. Las olas arrastraban lo que se interponía en su camino, retrocedían y volvían otra vez. Y él la arrasaba con su aliento a sal, con sus golpes de mar, en un abrazo hacía las profundidades. Abajo no se veía nada y no podía respirar. Cuando ya no le quedaban fuerzas, salía a la superficie dando bocanadas a la realidad, sobreviviendo.
Ola tras ola, viéndolas venir desde la orilla. Una onda pequeña, apenas unas cosquillas en los pies; otra un poco más grande, le sube el vestido y le moja las piernas; otra más brusca, se desequilibra y gira sobre la arena; una fuerte sacudida la arrastra hacia dentro, allí está él, la asfixia y la vuelve a sacar a la superficie. Una sonrisa le da calma y vuelve a sumergirse.
Un día se queda tumbada donde rompen las olas, clavadas las uñas en la masa arenosa. Sacudidas que van enterrándola, los finos granos la ciegan, se hunde. No respira, ya no hay nada, la playa está desierta.
Ola tras ola...
2/2/09
Hilvanando días
La luna estaba zurcida al techo, las estrellas prendidas con alfileres. Porque ya ni siquiera tenía el cielo para mirarlo, y recurría al falso satélite para seguir soñando. Ahora le parecía que solo le quedaba una vida de remiendos, a ratos lúcida, a ratos confusa, pero la mayor parte del tiempo vacía. Hilvanando días se perdía averiguando como llenar esos vacíos, y finalmente solo perdía el tiempo intentando enhebrar una idea. Atrás quedaban las ganas de coser un futuro distinto al presente y se iban deshilachando los recuerdos que caían de sus ojos.
Lo mismo pasó otras veces, pensaba, pero esta vez la espera era muy larga, no tenía ganas de mirar a la luna.
Y había olvidado su dedal.
Lo mismo pasó otras veces, pensaba, pero esta vez la espera era muy larga, no tenía ganas de mirar a la luna.
Y había olvidado su dedal.
30/9/08
El Espejo
(5 de febrero de 2007)
Confusa, se despierta entre sueños. No consigue saber si está en este mundo o en el de la fantasía, y poco a poco va abriendo los ojos y recordando. Mira como los rayos de sol que se cuelan por la persiana se reflejan en el espejo, estira los músculos y se resguarda de nuevo en el calor del edredón que la cubre. Su mente guarda imágenes de la noche, retazos que va rescatando en cada segundo. Un rato más, quiere estar un momento más perdiéndose bajo las sábanas. Se acuerda de cómo miraba sus manos, luego miró su vestido de tul azul. Al levantar la vista recuerda a un hombre que se acercaba, pero no le veía a él, solo sus ojos verdes, otros ojos desconocidos… no son los que antes vio. Se acerca y le susurra algo al oído, no lo recuerda, ese fragmento se ha perdido, pero sabe que él puede pensar sus sentimientos, y ella siente sus pensamientos. Coge su mano y la guía hasta quedar frente a un espejo ovalado. Al mirar, ve reflejada la imagen de una niña de cabello negro vestida con tules de bailarina, con las zapatillas de ballet en la mano porque no sabe ponérselas. Una voz en su cabeza la hace salir de la ensoñación. “Sal del espejo”. Al oír esa frase fue cuando había despertado aturdida, dejándole la misma sensación en el estómago que cuando estaba enamorada.
La mañana discurre entre quehaceres cotidianos, pasando rápido, lo que deja menos tiempo para pensar. Pero la tarde llega, y como viene haciendo desde hace ya bastantes días, se dispone a perder las horas, paseando por habitaciones vacías, recordando esos ojos color esmeralda que cada noche la acompañan, esforzándose en recomponer los fragmentos del sueño que la desvela. Cuando no lo consigue, llena los huecos soñando despierta e inventando historias. Pero al fin se cansa de pensar, de deambular, de mirarse al espejo, de que la venza una vez más el aburrimiento… Por eso decide salir a las solitarias calles ese domingo.
Siente las gotas de agua en la piel, resbalando por su cara como lágrimas, siente el crujir de las hojas bajo sus pies como su único compañero. Porque está sola, porque no espera nada de la vida, porque casi ya no siente esa lluvia que le cala el corazón. Se ve a si misma como a través de ese espejo que reflejaba a la niña que fue, una niña con ilusiones, sin esperar nada pero con todo el mundo a su disposición para descubrirlo; pero en este espejo de tarde otoñal solo aparece una joven que deambula bajo el cielo gris, una chica que parece alejada de la realidad, abstraída y fuera del contexto en el que se encuentra.
Se sienta junto a la orilla del lago, y se hunde en su melancolía mientras observa las ondas formadas en el agua cada vez que cae una gota. Piensa que no tiene salida, que está encerrada en su desánimo y en su mundo imaginario, y no ve su futuro entre todos esos sueños. No hay un hombre de ojos verdes, no hay una niña con ilusiones, solo quedan sus defectos e inseguridades, y sueños que se desvanecen con la mañana.
Cesa la lluvia, y al mirar en el agua ve su figura nítidamente, la primera vez en mucho tiempo, y siente como si estuviera atrapada dentro de ese espejo en un mundo paralelo creado por ella misma, de donde quiere salir para conocer el otro lado, aunque tiene mucho miedo y no puede dejarlo.
“Sal del espejo, avanza por la vida, y cuando hayas aprendido lo suficiente, será cuando puedas volver a tu mundo sin miedo a quedar atrapada para la eternidad en el otro lado”.
Y entonces es cuando en la otra orilla ve aparecer al conejo blanco que la guiará por esa nueva realidad…
Confusa, se despierta entre sueños. No consigue saber si está en este mundo o en el de la fantasía, y poco a poco va abriendo los ojos y recordando. Mira como los rayos de sol que se cuelan por la persiana se reflejan en el espejo, estira los músculos y se resguarda de nuevo en el calor del edredón que la cubre. Su mente guarda imágenes de la noche, retazos que va rescatando en cada segundo. Un rato más, quiere estar un momento más perdiéndose bajo las sábanas. Se acuerda de cómo miraba sus manos, luego miró su vestido de tul azul. Al levantar la vista recuerda a un hombre que se acercaba, pero no le veía a él, solo sus ojos verdes, otros ojos desconocidos… no son los que antes vio. Se acerca y le susurra algo al oído, no lo recuerda, ese fragmento se ha perdido, pero sabe que él puede pensar sus sentimientos, y ella siente sus pensamientos. Coge su mano y la guía hasta quedar frente a un espejo ovalado. Al mirar, ve reflejada la imagen de una niña de cabello negro vestida con tules de bailarina, con las zapatillas de ballet en la mano porque no sabe ponérselas. Una voz en su cabeza la hace salir de la ensoñación. “Sal del espejo”. Al oír esa frase fue cuando había despertado aturdida, dejándole la misma sensación en el estómago que cuando estaba enamorada.
La mañana discurre entre quehaceres cotidianos, pasando rápido, lo que deja menos tiempo para pensar. Pero la tarde llega, y como viene haciendo desde hace ya bastantes días, se dispone a perder las horas, paseando por habitaciones vacías, recordando esos ojos color esmeralda que cada noche la acompañan, esforzándose en recomponer los fragmentos del sueño que la desvela. Cuando no lo consigue, llena los huecos soñando despierta e inventando historias. Pero al fin se cansa de pensar, de deambular, de mirarse al espejo, de que la venza una vez más el aburrimiento… Por eso decide salir a las solitarias calles ese domingo.
Siente las gotas de agua en la piel, resbalando por su cara como lágrimas, siente el crujir de las hojas bajo sus pies como su único compañero. Porque está sola, porque no espera nada de la vida, porque casi ya no siente esa lluvia que le cala el corazón. Se ve a si misma como a través de ese espejo que reflejaba a la niña que fue, una niña con ilusiones, sin esperar nada pero con todo el mundo a su disposición para descubrirlo; pero en este espejo de tarde otoñal solo aparece una joven que deambula bajo el cielo gris, una chica que parece alejada de la realidad, abstraída y fuera del contexto en el que se encuentra.
Se sienta junto a la orilla del lago, y se hunde en su melancolía mientras observa las ondas formadas en el agua cada vez que cae una gota. Piensa que no tiene salida, que está encerrada en su desánimo y en su mundo imaginario, y no ve su futuro entre todos esos sueños. No hay un hombre de ojos verdes, no hay una niña con ilusiones, solo quedan sus defectos e inseguridades, y sueños que se desvanecen con la mañana.
Cesa la lluvia, y al mirar en el agua ve su figura nítidamente, la primera vez en mucho tiempo, y siente como si estuviera atrapada dentro de ese espejo en un mundo paralelo creado por ella misma, de donde quiere salir para conocer el otro lado, aunque tiene mucho miedo y no puede dejarlo.
“Sal del espejo, avanza por la vida, y cuando hayas aprendido lo suficiente, será cuando puedas volver a tu mundo sin miedo a quedar atrapada para la eternidad en el otro lado”.
Y entonces es cuando en la otra orilla ve aparecer al conejo blanco que la guiará por esa nueva realidad…
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